Cuando la ira y el odio invade nuestras vidas, nuestro ser sufre las consecuencias... Como dice Casilda Rodrigáñez, "si el amor cura, el desamor enferma".Nuestro cerebro segrega hormonas de sufrimiento e infelicidad que crean patrones de repetición cada vez que son liberadas. Así, encauzados en un círculo de odio y desequilibrio es como nos inundamos por una oleada de toxicidad cerebral que desencadena el descontrol de nuestro temperamento, la pérdida de nuestra salud y de nuestra felicidad. Pudiendo incluso contagiar, involucrar o dañar, directa o indirectamente, a la gente que nos rodea.
Como ya sabéis el cuerpo es el reflejo del alma, de la mente y el espíritu. Toda enfermedad física proviene de nuestra mente.
Nuestro enfrentamiento con los seres que nos rodean, ya sean familiares y amigos o personas con las que nos cruzamos por la calle nos impide que nuestro lado más afable y bondadoso se desarrolle libremente.
Controlar estos impulsos negativos para nosotros a veces puede sernos costoso, podemos sentir que la situación nos supera o nos "saca de quicio", aunque sepamos que no es bueno y que no queremos sentir ese odio hacia nadie ni nada. A veces es bueno probar algunos "truquillos" para controlar esto, aunque con voluntad verdadera todo se puede.
Algunas maneras de controlarlo son: tranquilizarnos, respirar profunda y correctamente, pensar en positivo (recordando una situación de felicidad, poniéndonos en el lugar de la persona con la que estamos enfrentados, intentando comprenderla...)
Y también podemos, por ejemplo... y puede que os suene extraño... imaginar a esa persona de bebé. Sí, de bebé...
Todos hemos pasado por esa etapa de inmadurez y al mismo tiempo de sabiduría interna. Esa etapa en que somos pura honestidad e inocencia, manifestada a través de cuerpecitos vulnerables, tiernos y amorosos, en manos de otros mayores, más fuertes y más "poderosos".Todos hemos pasado por eso y luego...hemos crecido, soñado, experimentado felicidad y también desilusiones, sentimientos de culpa o miedo, discusiones, contrariedades, etc. Nos hemos ido cubriendo de corazas forjadas con un odio férreo, pero tras ellas conservamos ese niño interno, y seguimos siendo portadores de inocencia, esperando ser perdonados y perdonarnos a nosotros mismos.
Cuando vemos a un bebé, a menudo sino es siempre (yo siempre) sentimos un gran amor, una ternura desmesurada, una compasión que supera ego alguno, una empatía especial que nos otorga la voluntad de hacerlo feliz.
Es por ello que, según mi sencilla y humilde opinión, imaginar a cualquiera de nuestros "enemigos" o "enfrentados" cuando eran bebés puede ayudarnos a amarlos y comprenderlos en su inocencia más pura. Y a convertirnos en los brazos que los acojan, o en los hombros en los que se apoyen, ayudándolos a ellos y a nosotros mismos, pues habremos dejado de alimentar el odio, abriendo nuestro corazón y purificándonos.
Esta reflexión, que no pretende enseñar nada a nadie, sino simplemente hacer sentir o inspirar... proviene de la experiencia de mi madre y de mi experiencia propia a partir de mi maternidad. Es otra de las muchas cosas que la maternidad me ha enseñado o aportado en mi crecimiento personal.
Los bebés son adorables, y todos lo fuimos algún día y en el fondo seguimos siéndolo, todos esperamos renacer y crecer esta vez en el amor y no en el miedo.
Amémonos y amemos a los demás.




0 comentarios: